Deontología o empatía

La deontología proporciona criterios éticos para el ejercicio de una profesión. En el caso de la psicología y la psicoterapia, cuando la ética del terapeuta no coincide con la del cliente, el profesional se encuentra ante un dilema: deontología o empatía.



Los códigos deontológicos surgen de la necesidad (y obligación) de regular el ejercicio de la profesión del psicólogo en el contexto de un estado de derecho. Emergen del seno de organizaciones colegiales de distintos ámbitos de actuación y se convierten en normas, reglas o referencias para que la relación profesional entre el psicólogo y sus clientes esté equilibrada en derechos y obligaciones. Constituyen por tanto, un marco de ordenación jurídico-profesional de la psicoterapia que, por un lado, da respaldo a las intervenciones del psicólogo y por otro, pone límites a su actuación, con el fin de garantizar los derechos del cliente. 

Debido a las características de la psicología, dedicada al conocimiento, evaluación y tratamiento de los aspectos relacionados con el sufrimiento humano, el contenido de los códigos deontológicos se sustenta fundamentalmente en la ética. Pero estos no surgen para proveer de ética al psicólogo, sino para garantizar que la ética esté presente en la relación terapéutica. 

La ética en las relaciones interpersonales no se adquiere ni se interioriza por el mero hecho de que se establezca como algo de obligado cumplimiento en determinado código deontológico. La ética se obtiene a lo largo de la vida. Inicialmente, a través de los valores que la familia nos ha transmitido y que hemos integrado. Y posteriormente, mediante nuestra propia experiencia vital, al relacionarnos con los demás. 

En la relación terapéutica, psicólogo y cliente, cada uno, desde su ética, puede regular y juzgar las acciones propias y ajenas. Pero en este contexto, sólo el psicólogo goza del derecho de poder intervenir sobre las acciones del cliente y no a la inversa. ¿Con qué criterio debe actuar para realizar esta labor: con el suyo o con el de su cliente? Ciertamente, la labor del psicólogo debe estar basada en la ética, pero ¿en qué ética: la suya o la de su cliente? Cuando entre ambas hay diferencias, ¿cuál debe prevalecer? 

La ética tiene, por tanto, un elemento de subjetividad. Por este motivo, es preciso regular, a través de códigos deontológicos, un determinado marco de consenso profesional que permita armonizar la ética del cliente con la ética del psicólogo. Si este encuentro no fuera posible, difícilmente podría darse un proceso terapéutico, a no ser que el psicólogo disponga de otras cualidades personales, más allá de las meramente profesionales, para poder hacer su trabajo.

El sufrimiento surge en un contexto al que el cliente está respondiendo de la mejor manera que puede o conoce, pero que le resulta insuficiente o inadecuado. Si el psicólogo se aferra a su ética, incluso aunque esté respaldada por el código deontológico, sin tener en cuenta el contexto del cliente, y sin haber intentado comprender qué está pasando en la vida de éste, corre el riesgo de adoptar el rol de juez y dejar sin aplicar el enorme potencial que su labor terapéutica puede aportar a la persona que le consulta, para que esta pueda aliviar su sufrimiento o el de aquéllos a quienes esté haciendo sufrir.

No es labor del psicólogo juzgar la conducta del cliente en base a lo que debería ser ético: la norma. Su compromiso personal con la profesión le faculta para avanzar más allá de las referencias externas que le proporcionan las técnicas o las normas deontológicas. Si el terapeuta se limita a señalar lo incorrecto del comportamiento de su cliente, este continuará atrapado en él. En cambio, si el terapeuta sabe cómo aproximarse y explorar el contexto en el que se produce el sufrimiento del cliente, podrá avanzar conscientemente hacia el mundo de este, sea este el que sea, y lo podrá comprender. La distancia entre estos dos universos subjetivos, el suyo y el de su cliente, se acorta mediante la empatía, fruto de la propia experiencia, del trabajo personal, de haber recorrido ese camino exploratorio sobre la propia existencia, de haber llegado a comprender en uno mismo el origen del sufrimiento humano. 

La relación terapéutica, como toda relación humana, siempre está en equilibrio inestable. Constantemente pueden surgir dilemas que amplíen la distancia existente entre dos formas distintas de ver el mundo. Pero el psicólogo no debe olvidar que el objeto de esa relación es el mundo del cliente. Para poder avanzar por este terreno intermedio, y contactar realmente con el cliente, no basta la técnica y las normas éticas, sino que es necesario disponer de empatía. Cuando el psicólogo está capacitado para adoptar una actitud responsable, reflexiva, ética y empática, la relación trasciende lo normativo y se convierte en terapéutica.

Imagen: Fisicadultos

Secretos

El secreto es como un ave que anida en el interior de los grupos humanos. Vuela libre dentro de ellos y, cuando extiende su vuelo más allá de las fronteras que los definen, lo hace a gran altura para mantenerse inalcanzable.
 
 
Toda relación de pertenencia está basada en un secreto que define y protege las fronteras de su espacio de intimidad. Nuestra identidad individual, que nos define y nos diferencia de los demás, también necesita un espacio de intimidad, protegido por el secreto.

De ahí que, cuando participamos en los grupos humanos, necesitamos preservar nuestro secreto individual, al tiempo que, de la interacción, surge un nuevo secreto. Al compartir en el grupo algo que es valioso para todos nosotros, que nos da identidad, necesitamos preservarlo mediante el secreto, manteniéndolo inaccesible para los demás.

Nuestro secreto individual no lo compartimos con nadie, pues protege nuestra intimidad. En cambio, los secretos colectivos son compartidos. Pero sólo entre los miembros del grupo: los que somos. Nunca permitiremos que sea accesible para los que no son. Esto nos da un sentido de “nosotros” que confirma nuestra pertenencia al grupo.

De este modo, somos porque lo valioso que sucede entre nosotros, no sale de entre nosotros. O en el caso de una pareja, porque lo valioso que sucede entre tú y yo, no sale de entre tú y yo. Este secreto es la base de la lealtad mutua, que sostiene la pertenencia.

Por tanto, el secreto forma parte de nosotros, y nosotros somos parte de él. Somos gracias a él. Sin el secreto, nuestra identidad individual desaparecería al relacionarnos con los demás. Del mismo modo, la pareja desaparecería al relacionarse con la familia. La familia desaparecería al relacionarse con otros grupos, y así sucesivamente.

Quienes compartimos un secreto, en cualquier circunstancia y lugar, podemos construir al instante un espacio de intimidad compartido, exclusivamente nuestro. Incluso fuera de nuestro territorio habitual, o en presencia de personas ajenas. Pero lo haremos de una forma especial. Inventaremos un lenguaje propio, compartido, comprensible sólo por nosotros, hecho a base de guiños, miradas y gestos de íntima complicidad. Sólo nosotros sabremos el significado de nuestro intercambio secreto. Jamás lo desvelaremos a los demás, para seguir siendo nosotros, y distintos de los demás.

La lealtad al secreto fortalece la confianza mutua entre quienes lo compartimos. Si desveláramos el secreto, traicionaríamos el espacio que nos define y nos da identidad. Dejaríamos de ser exclusivos y diferentes. Como el dique que cede, el secreto desvelado dejaría que el agua anegara el espacio compartido, arrasando nuestra intimidad y destruyendo nuestra identidad.

Esto es lo que sucede cuando alguien altera la naturaleza valiosa de lo que está protegido por el secreto. Entonces, la confianza, la lealtad y la complicidad que nos une, se derrumban ante la traición, dando paso a una nueva complicidad con el abuso, basada en el silencio y el miedo.

En torno a este oscuro escenario, surge un nuevo secreto, distinto del anterior. Callar, seguir como si no hubiera pasado nada, se convierten ahora en las nuevas reglas del juego. Pero cuando el secreto es impuesto, deja de actuar como tal. En lugar de preservar el valor de lo protegido, ahora sirve para encubrir a quien impone el secreto.

Este nuevo nosotros, basado en la desigualdad, adopta su propio lenguaje. Las miradas de complicidad, que antes veían abrirse de par en par otros ojos, al encuentro con los suyos, ahora ven complacientes, párpados que caen a su alrededor, ocultando miradas perdidas, y labios que quedan sellados, paralizados por el miedo.

Ninguno lo podemos nombrar, pero en realidad, todos sabemos. Sabemos lo que me hiciste, lo que hiciste a uno de los nuestros, lo que los tuyos hicieron a los míos. Aunque hayan pasado casi ochenta años. Sabemos, pero callamos, por miedo a que la historia se repita de nuevo. Sabemos que, cuando uno de los nuestros comete un abuso, lo que nos mantiene a salvo a todos es que nadie pronuncie ni una sola palabra relacionada con lo que ahora es secreto.

Con el tiempo, tanto quiebro para no nombrar la realidad, acaba enloqueciéndonos a todos. Acabamos llamando olvido al silencio. Pero no hemos olvidado, pues tras cada palabra prohibida, se abre un abismo de silencio, miradas escrutadoras, disimulo y miedo. Sólo los que somos comprendemos. Pero los que no son no lo entienden. Sólo así podemos seguir viviendo como si no pasara nada.

Sucumbimos a irrealidades impuestas, porque seguimos siendo leales a nuestro verdadero secreto: el que protege nuestra identidad. Sobre todo cuando es lo único valioso que tenemos. Sólo así podemos pasar por alto los abusos, y seguir siendo cómplices de falsos secretos. Silencio.
 

La perversión de la lealtad

Cuando dos o más personas se relacionan entre sí, de la interacción emerge un elemento nuevo, distinto de los individuos que la forman: un sistema. En determinadas circunstancias, la pertenencia a un sistema nos proporciona identidad, a la que respondemos con lealtad. Pero en sistemas que no dan identidad, la lealtad es un disfraz para encubrir la obediencia.
 
A veces, resulta difícil comprender que un sistema no son sus miembros, ni siquiera la suma de ellos, sino algo distinto, con entidad propia. De ahí que, cuando hablamos de sistemas, uno más uno son tres. Por ejemplo, una pareja es un sistema y por tanto, es algo diferente a las dos personas que la forman. Lo que convierte a dos personas en una pareja no es el simple hecho de estar juntos y relacionarse entre sí mediante vínculos afectivos, sino compartir algo valioso y trascendente, que contenga y delimite la relación y la convierta en un sistema de pertenencia.

La pertenencia proporciona identidad a sus miembros. Nuestro primer sistema de pertenencia es la familia. Generación tras generación, las familias van recibiendo y transmitiendo los valores familiares. Mediante esta transmisión, los padres reconocen a los hijos su pertenencia al sistema familiar, proporcionándoles confianza y protección. Los hijos corresponden con lealtad y solidaridad hacia los valores recibidos, representados por el sistema y encarnados en cada uno de sus miembros. Se inicia así la construcción de la identidad.

La identidad no es algo banal. No es como el carnet de un club social, sino que tiene un valor existencial: nos permite saber de dónde venimos y por tanto, es la base sobre la que vamos a poder construir nuestra propia definición de quiénes somos.

La identidad se inicia con un reconocimiento: el de nuestra semejanza con los demás miembros de la familia. Pero debe completarse con otro, más difícil que el anterior: el reconocimiento de aquello en lo que hayamos decidido diferenciarnos de ellos. Esto no llegará por sí solo, sino que tendremos que oponernos activamente hasta obtenerlo, recurriendo, si es preciso, a la rebeldía.

Si lo conseguimos, la identidad se enriquece con un nuevo valor: la dignidad, el derecho a ser diferentes en cualquier circunstancia. Este reconocimiento incrementa nuestra lealtad a los valores del sistema, que son los que ahora nos definen. En caso contrario, el proceso de individuación queda incompleto. Entonces, o nos volvemos obedientes y sumisos, incapaces de rebelarnos por nada, aunque nos quejemos por todo, con lo cual, nos quedamos atrapados en la uniformidad familiar, o por el contrario, nos instalamos en la rebeldía, en espera de obtener ese reconocimiento que nos falta para sentirnos completos. Aunque a veces, esta espera dura toda la vida.

Necesitamos ser reconocidos en lo que somos, para poder salir al mundo como seres únicos, valiosos e irrepetibles, y al mismo tiempo, iguales en dignidad a los demás. Porque el modo en que hayamos completado o no este proceso, influirá en la forma de adscribirnos a otros sistemas de pertenencia, como las instituciones o la profesión. O en la forma de crear unos nuevos, como la pareja.

Sin embargo, no todos los sistemas dan identidad. Es el caso de las organizaciones, empresas, partidos políticos, etc. En ellos, podemos estar incluidos o excluidos, en función de si somos útiles o no para sus intereses. Participar en ellos requiere disponer de una identidad adquirida previamente en un sistema de pertenencia, ya que la organización no la proporciona. Se puede ser un profesional sin haber pertenecido a una empresa, y se puede ser de una determinada ideología sin haber pertenecido a un partido. Aunque para algunos, pertenecer a ellos parece su profesión. En cambio, no se puede ser un Pérez si no se pertenece a la familia de los Pérez, y no se puede dejar de pertenecer. Los Pérez, la profesión o la ideología disponen de valores identitarios compartidos, pero las organizaciones, no.

Las organizaciones nos exigen lealtad, tanto a los fines de la organización, como a la posición jerárquica de sus miembros. Sin embargo, ya que no dan identidad, no cabe hablar de lealtad, sino de obediencia, sumisión y ausencia de rebeldía. La lealtad es la contrapartida a la identidad recibida, algo que no sucede en este caso. Va dirigida a los valores compartidos, y a las personas que encarnan esos valores. La lealtad ni se decide ni se exige, sino que va implícita en la identidad. Por eso, cuando se exige anticipadamente, se invierte el orden de los factores y se pervierte la lealtad.

Cuando una organización nos ofrece algo valioso, o la garantía de no perderlo, a cambio de nuestra lealtad, se está produciendo un chantaje. Cuando un superior nos ordena que actuemos en contra de la ética profesional, si accedemos, pensando que le debemos lealtad, estamos traicionando nuestra identidad profesional, comportándonos como bacines y convirtiendo al superior en un cacique.

De actitudes como estas surge la corrupción. En las organizaciones, la profesionalidad es nuestro valor identitario, y es lo único a lo que debemos lealtad. La dignidad nos ayuda a mantener los ojos abiertos, para que la obediencia no sea ciega y se produzca siempre dentro de los límites de la profesionalidad. Si hay que obedecer, se obedece, pero no lo llamemos lealtad.

Curiosidad para seguir creciendo

Iniciar un proceso terapéutico no supone ningún fracaso personal ni un reconocimiento de incompetencia para manejar nuestra propia vida. Precisamente es lo contrario: una oportunidad para contactar con lo más profundo de nuestro ser y retomar desde ahí las situaciones que están bloqueando nuestro proceso de crecimiento.
 
 
La vida es un proceso continuo de cambio, del que nosotros formamos parte. Como consecuencia de ello, a veces nos encontramos con situaciones que no deseamos o que no sabemos afrontar.
 
En las circunstancias adversas, el organismo reacciona con una intensa activación emocional que nos prepara para la acción inmediata. Pero cuando nos resistimos a los cambios, percibimos la activación emocional como algo más relevante e indeseable que la propia situación que la origina. Al centrar nuestra atención en la reacción emocional, dejamos de lado la comprensión de lo que está ocurriendo y nos alejamos de nuestras capacidades para afrontarlo adecuadamente.
 
Al actuar así con asiduidad, llega un momento en que percibimos más problemas que soluciones. Esto indica que estamos perdiendo la conexión con nosotros mismos. Al resistirnos a los cambios, no sólo nos acostumbramos a negar la parte dinámica de la realidad, sino que nos percibimos a nosotros mismos como algo estático e inamovible, porque tampoco nosotros queremos cambiar.
 
Nos comportamos como si nuestro proceso de crecimiento se hubiera detenido. Sin embargo, esto nunca sucede. Aunque físicamente dejamos de crecer a una determinada edad, nuestro potencial de desarrollo psicológico y espiritual permanece activo durante toda la vida. De ahí que, cuando la insatisfacción y el sufrimiento se convierten en los protagonistas de nuestra existencia presente, eso nos está indicando que estamos abdicado de nuestra responsabilidad.
 
Cualquier circunstancia puede convertirse en un obstáculo o en una oportunidad para seguir creciendo, pero cada uno somos responsables de encontrar la forma de hacerlo. Aun así, también podemos resignarnos y seguir sufriendo. Podemos seguir engañándonos, diciendo que cada uno somos de una determinada manera y que no podemos cambiar. Podemos seguir pensando que lo que nos sucede nada tiene que ver con nuestras acciones previas o con que creamos que “somos así”. Podemos decir que no sabemos cómo resolver nuestros problemas, pero siempre tenemos la oportunidad de aprender a hacerlo. Podemos decir que no tenemos tiempo, dinero o que, como no vamos a conseguir cambiar lo que somos, no formamos parte de ninguna solución.
 
Poco a poco, vamos configurándolo todo en torno a una idea a la que nos aferramos: no queremos cambiar. Nos quedamos atrapados en una imagen personal estática, creada por nosotros mismos, que desea que nada cambie, para poder perdurar. Justificamos así nuestra creencia de que, cuando algo nos hace sufrir, la solución es que todo vuelva a ser como antes de que sufriéramos. Cuanto más creemos en esto, más confirmamos esa idea que nos define.
 
Es un juego macabro, una absurda paradoja en la que participamos los seres humanos: queremos que nada cambie, incluso nosotros mismos; y en lugar de ver que eso es lo que nos hace sufrir, creemos que el sufrimiento se resolverá cuando todo cambie, y vuelva a ser como antes de que cambiara. Por si fuera poco, desde ahí vemos el mundo y a nosotros mismos como entidades objetivas que interactúan entre sí, unas veces con acierto y otras con infortunio, dependiendo del azar. Pero no cuestionamos si realmente somos lo que creemos ser y si nuestro entorno es como creemos que es.
 
Esta visión estática de nosotros mismos es la causa más frecuente y menos reconocida de todos nuestros problemas. Un sujeto así definido, es difícil que encuentre alguna solución, porque su propia definición paradójica de sí mismo, es el origen del problema.

Al definirnos como estáticos e inmutables, nos resistimos a cualquier cambio y lo vivimos con angustia. Hacemos esfuerzos por sujetar la realidad, para que, cuando nos conviene, no cambie, y cuando no nos conviene, todo vuelva a ser como antes. Pero nosotros formamos parte de esa realidad cambiante.
 
Fluir con nuestro propio cambio es aceptar las señales que acompañan nuestro crecimiento hacia la madurez, sabiendo que cada paso hacia un instante nuevo, va dejando algo atrás. Y además, no vivirlo como una tragedia, sino como algo que forma parte de la vida. En lo más cotidiano, es comprender la conexión entre lo que nos sucede y nuestras acciones previas. Y en lo contextual y social, comprender que todo surge y se desvanece en una continua danza, fruto de la interrelación entre causas y condiciones. Porque aunque nos resistamos a cambiar, todo sigue cambiando.
 
Uno de los motores que más impulsan nuestro crecimiento es la curiosidad. La vida es un enigma inabarcable para la mente humana. Pero en cualquier circunstancia, especialmente cuando nos ocasiona sufrimiento, la curiosidad por conocernos y comprendernos a nosotros mismos, y a lo que nos está sucediendo, nos conecta con la realidad y nos permite seguir creciendo.

La próxima acción necesaria

Disponemos de capacidades que nos permiten relacionarnos con el entorno para obtener lo que necesitamos en cada momento. Para ello, necesitamos actuar.
 
La auténtica acción consiste en responder a una necesidad del momento presente. Lo necesario no siempre coincide con nuestros deseos ni con lo que imaginamos. De ahí que, antes de actuar, tenemos que darnos cuenta de qué es lo que necesitamos.

Cuando la acción se dirige a una necesidad bien definida, relacionada con este momento presente, actuar se convierte en lo primordial, más allá del protagonismo de quien lo haga o de cualquier beneficio futuro que esperemos obtener con la acción.

Disponer de un objetivo concreto provee de dirección a las acciones, pero no es un buen compañero de ellas. El resultado esperado no es una necesidad actual, sino la consecuencia de la ejecución correcta de todas las acciones necesarias. Si el resultado obtenido se aleja de lo esperado, no significa un fracaso, sino que seguimos actuando a pesar de haber perdido el contacto con la auténtica necesidad.

Para que una acción sea correcta, necesitamos concentrar la atención en lo que estamos haciendo. Como en el cuento de la lechera, cualquier acción, por muy simple que sea, ejecutada con distracción o imaginando resultados futuros, puede ser ineficaz o acabar provocando un desastre.

En cambio, cuando la atención y la energía acompañan a una acción orientada hacia lo necesario, esta nos pondrá en contacto con ello, y nos permitirá afrontarlo con eficacia, espontaneidad y creatividad. Cualquier acción así realizada será como una flecha que parte, certera, hacia el centro de la diana.

Tan importante es saber actuar, como comprender cuándo ha llegado el momento de terminar de hacerlo. Si mientras actuamos, permanecemos en contacto con la necesidad que intentamos satisfacer, podremos darnos cuenta de cuándo ha sucedido esto. Es momento de disfrutar del bienestar obtenido, de prepararse para la acción siguiente o de no hacer nada, si esa es nuestra nueva necesidad.

Planificar las acciones futuras puede ser una necesidad del presente. Pero también puede convertirse en un obstáculo si, posteriormente, en el futuro, actuamos por obligación, para responder a lo planificado, sin tener en cuenta las necesidades del nuevo momento presente.

Cada vez que actuamos con arreglo a criterios definidos en el pasado, o para anticiparnos a resultados futuros, no estamos respondiendo, sino reaccionando. Cada reacción deja incompleta la respuesta que necesitamos dar a la necesidad del momento presente, y da lugar a que tengamos que volver a intentarlo de nuevo, tal vez indefinidamente.

Al actuar sin saber lo que necesitamos aquí y ahora, la energía se dispersa en todas direcciones. La acción que no responde a una necesidad actual, se convierte en una reacción a un presente insatisfactorio e indefinido, con el que no contactamos. Cuando hemos perdido el contacto con lo necesario, por más acciones que emprendamos, no acabaremos de construir un presente satisfactorio y definido. Actuar como reacción se convierte en un modo de huir de un presente imperfecto, continuamente incompleto, que nunca acaba de corresponderse con lo que nos gustaría que fuera.

Cuando nos quedamos atrapados en esta situación de indefinición interminable, no reaccionamos a lo que sucede, sino a lo que sentimos. Pero en la mayoría de las ocasiones, no nos damos cuenta de ello. La reacción es una huida imposible, un intento de alejarnos de sentimientos y emociones insoportables, que surgen en nuestro interior ante un presente al que no sabemos responder con eficacia. Y cuanto más queremos alejarnos de la emoción, más intensidad adquiere esta.

Esta forma de actuar, errática y cíclica, suele estar muy presente en las relaciones interpersonales. Cuando no actuamos en respuesta a lo que alguien hace en el presente, sino a lo que hizo en el pasado, estamos reaccionando a lo que sentimos entonces, porque ahora lo sentimos de nuevo. Y seguiremos  sintiéndolo, mientras continuemos reaccionando en lugar de responder a esa necesidad.

Cuando no hacemos lo que necesitamos hacer, el conflicto emocional queda inacabado. Seguirá guiando nuestras acciones, convirtiéndolas en nuevas reacciones, que perpetúan los problemas de relación. De aquí surge la venganza, una forma inútil de reaccionar en el presente al rencor y al resentimiento que sentimos desde que se produjo una situación que no supimos afrontar en el pasado.
 
En otras ocasiones, actuamos mirando al futuro, para que el otro haga lo que nosotros queremos que haga. Manipulamos a los demás como reacción a la angustia que sentimos en el momento presente, cuando anticipamos lo que creemos que ocurrirá si el otro actúa como no queremos que lo haga. Tomamos el futuro, siempre incierto, como si fuera cierto, y seguimos reaccionando.

Actuar aquí y ahora, en contacto con lo que necesitamos, es algo tan simple, que nos parece innecesario. Cuando actuamos sin saber para qué, y sin poner atención en cómo, nos zarandean las emociones y tropezamos una y otra vez intentando alcanzar objetivos lejanos. ¿Es esto lo necesario?

Fanatismo a cambio de identidad

Nuestra identidad está sustentada en la transmisión familiar de unos valores positivos y en el posterior reconocimiento de nuestra individualidad diferenciada. Cuando esto no sucede así, buscamos a quien nos reconozca que somos aquello que espera que seamos.
 
 

La pertenencia a la familia nos proporciona identidad. Pero esta no se adquiere de forma automática, mediante la mera imitación de las actitudes y conductas de nuestras figuras de referencia, sino como resultado de un largo y laborioso proceso de construcción individual, que a veces dura toda la vida.

Este proceso comienza cuando la familia nos transmite algo valioso, acorde con un proyecto de vida deseable. Esto hace que la pertenencia se convierta en una referencia a partir de la cual podemos diferenciarnos, para construir nuestra propia identidad.

Aunque el proceso se inicia dentro de la familia, necesita terminarse fuera de ella. Durante la adolescencia, al integrarnos en nuevas pertenencias, como los grupos de iguales, ponemos a prueba nuestra identidad incipiente. Mediante el contraste entre diversos grupos de pertenencia, vamos avanzando en nuestra individuación, definiendo cada vez con más precisión nuestra identidad.

Aún falta un paso muy importante: para confirmar nuestra identidad, necesitamos ser reconocidos y respetados, tal y como somos, por los grupos de pertenencia en los que nos hemos construido. Especialmente, por nuestra familia de origen. A cambio de este reconocimiento, desarrollaremos hacia estos grupos una actitud de solidaridad y lealtad que nos mantendrá unidos a ellos.

Si todo ha ido bien, nos habremos convertido en individuos diferenciados, sin dejar de compartir los valores comunes en nuestros grupos de pertenencia. Somos como los demás y somos diferentes.
 
Sin embargo, la familia no siempre consigue transmitirnos algo valioso. Bien porque hay un conflicto en la pareja o porque desvaloriza su propia historia. Esto sucede cuando alguno de sus miembros, actuando en contra de los valores familiares, pone en riesgo la honorabilidad o la integridad de la familia, y esta opta por protegerse, silenciándolo y ocultándolo para siempre. O cuando durante algún conflicto social, las acciones de algún miembro tienen consecuencias dramáticas para los suyos.

Cuando la transmisión familiar queda incompleta o se omite totalmente, los miembros de la siguiente generación tendrán serias dificultades para construir su identidad. No dispondrán de valores en torno a los cuales estructurarse y diferenciarse. Y si al construir su identidad, intentan incorporar algún valor familiar oculto o prohibido, no obtendrán reconocimiento sino lo contrario: desconfirmación.
 
Si llegamos a la adolescencia sin haber completado la primera fase de la construcción de nuestra identidad, saldremos al mundo en busca de quien nos confirme que somos diferentes, sin saber exactamente en qué. Entonces, el proceso de construcción identitaria se pervierte, pues nos inscribiremos en grupos en los que se nos acepta sólo por lo que nos iguala a ellos, al precio de que no se admita ninguno de nuestros signos de diferenciación, discrepancia o crítica.

Para quien no ha completado su diferenciación identitaria, el mundo sólo se ve en blanco y negro: buenos y malos, izquierda y derecha, arriba y abajo, nosotros y ellos. De ahí surgen nuestras adhesiones incondicionales a grupos, creencias e ideologías, con posiciones extremas: o conmigo o contra mí. En ellos, sólo se acepta nuestro asentimiento y no nuestra diferenciación. Con demasiada frecuencia, lo único que une a sus miembros es su afán por aumentar las diferencias con otros grupos externos, comparándose con ellos, e incluso desvalorizándolos para convertirlos en indeseables.
 
Este tipo de grupos no pueden proporcionarnos identidad, porque al estar basados en valores excluyentes, ni nos admiten por ser lo que somos ni reconocen nuestra diferenciación. Tan sólo nos mantienen en la ilusión identitaria de ser por fin alguien reconocido y valorado. Aunque esto sólo será así mientras nos comportemos tal y como se espera de nosotros.

Aunque sea falso, este reconocimiento nos resulta tan necesario, que guardamos un silencio cómplice, una ausencia de crítica o incluso una aquiescencia vehemente, hacia cualquier barbaridad cometida por los afines. Incluso la justificamos. Porque mediante el fanatismo, nuestra adhesión incondicional a un grupo nos permite ser diferentes del resto. Nos aporta una diferenciación, a cambio de negarnos otra: la que nosotros mismos elijamos libremente, para construir nuestra identidad.

El fanatismo calma nuestro anhelo de ser reconocidos para hacernos sentir diferentes. Sin embargo, así estamos renunciando a ser diferentes para ser reconocidos. La auténtica diferenciación consiste en mostrar nuestra discrepancia. Pero en este tipo de grupos, eso sería dramático, pues supondría quedar excluido, perdiendo con ello la referencia identitaria que esta falsa pertenencia nos otorga.

Tras el fanatismo se esconcen nuestros déficits identitarios. Necesitamos reencontrarnos con lo valioso de nuestro grupo primario de pertenencia y retomar nuestro proceso de construcción identitaria desde ahí, hasta ser reconocidos por lo que somos. De lo contrario, seguiremos buscando quiénes somos.

 

¿Indefensión aprendida o ignorancia?

La indefensión es la ausencia de respuesta ante las circunstancias adversas. Está basada en la creencia de que, hagamos lo que hagamos, no servirá de nada. Nos sitúa en un callejón sin salida. Pero si ponemos atención y ampliamos la mirada, todo puede empezar a cambiar.
 
 
Durante los años cincuenta del pasado siglo, la investigación con animales permitió a los psicólogos de la época deducir las reglas que explicaban el comportamiento. La manipulación de las condiciones ambientales en el laboratorio les permitió concluir que ese era el origen de toda conducta. Al menos, de las conductas que ellos mismos provocaban.

De ahí que concluyeran que lo que explica una conducta, puede servir para predecirla, controlarla y modificarla. Con esta finalidad, empezaron a aplicar el método a los seres humanos. De ahí surgió el conductismo, una corriente psicológica que, manipulando el contexto, era capaz de modificar la conducta, tal y como habían conseguido hacer con los animales. A esto lo llamaron aprendizaje.
 
En los laboratorios, se consiguieron resultados espectaculares. Uno de ellos es el que denominaron indefensión aprendida. Básicamente, consiste en situar al animal en un espacio sin salida. A continuación, se le somete a descargas eléctricas aleatorias y permanentes, precedidas de una señal acústica o luminosa, para asegurarse de que el animal sienta miedo antes de cada agresión.
 
Al principio, el animal reacciona buscando alguna salida que le permita escapar. Luego realiza toda clase de conductas esperando que algo cambie. Pero poco a poco, va asumiendo que haga lo que haga, no produce ningún efecto. Finalmente, tras cada señal, espera con pasividad la descarga.
 
Una vez que se ha producido ese “aprendizaje”, el siguiente paso consiste en situar al animal en un nuevo escenario dividido en dos zonas: una electrificada, donde siempre se inician las descargas, y otra sin electrificar, donde, una vez iniciadas, podría librarse de ellas saltando una pequeña valla que las separa. Sin embargo ahora, aunque existe una salida, continúa reaccionando igual: con pasividad ante cada nueva descarga y sin explorar alternativas.
 
Los seres humanos, aunque somos animales, tenemos algunas características que nos diferencian de ellos. La primordial es la conciencia. Somos seres conscientes no sólo del ambiente, sino de nosotros mismos. Para ello, disponemos de una herramienta poderosa: la atención. Utilizando la atención, podemos deshacer el condicionamiento, pues en lugar de asumir lo que el experimentador nos presenta como un callejón sin salida, podemos pasar a la acción, para cuestionar la situación y buscar alternativas. Para ello, necesitamos energía y creatividad.
 
Cuando en una situación interpersonal o social adversa, nos sentimos como en el experimento de la indefensión aprendida, si actuamos con pasividad, sólo estaremos utilizando nuestros recursos animales, esperando que el ambiente nos proporcione las condiciones que permitan mejorar nuestra situación. Pero si utilizamos nuestras capacidades humanas y estamos atentos, podremos llegar a darnos cuenta de algunas cosas interesantes que un animal no puede plantearse.
 
Si en esa situación, alguien se está comportando con nosotros como el experimentador, entonces, podremos valorar cómo es el contexto: deshumanizado, alienante, creado artificialmente, con la pretensión de que nuestra respuesta se limite a adaptarnos a la situación. Igualmente, podremos darnos cuenta de que sólo un psicópata es capaz de aumentar el miedo anunciando cada agresión.
 
Esto puede hacernos sentir rabia contra quien consideramos causante de que nuestra situación haya empeorado o no mejore, además del miedo a que pueda empeorar aún más. En estas circunstancias, el miedo es una respuesta esperada, pero la rabia, no. La rabia nos proporciona energía para poder avanzar. Pero no mirando sólo al contexto y a quien nos agrede, sino a nuestra pasividad. Un animal no puede cuestionar su respuesta, ni conocerse a sí mismo, pero los seres humanos, sí.
 
Individualmente, necesitamos buscar alternativas, para preservar nuestro bienestar. Hacer los cambios que no hicimos: aprender a saltar la valla. Pero también formamos parte del escenario amenazante. Entonces, podemos preguntarnos: ¿Qué hacemos aquí? ¿Cómo hemos llegado hasta donde estamos? ¿En qué medida hemos contribuido a que las cosas sean como ahora son? ¿En qué momento dejamos de prever las consecuencias y de tomar precauciones? ¿Hemos sido elegidos por experimentadores psicópatas, como animales de laboratorio, o nosotros les hemos elegido a ellos? ¿Colaboramos con ellos? ¿Estamos de acuerdo con ellos? ¿Nos parecemos a ellos al actuar con los demás?
 
En un escenario de manipulación, represión y alienación, a un animal sólo le queda una opción: la pasividad. Pero para un ser humano, la pasividad no es consecuencia de ningún aprendizaje condicionado, sino de ignorar lo que somos y lo que podemos hacer. En presencia de la atención consciente, la indefensión aprendida no es más que una bobada conductista. Cuando formamos parte del contexto, lo podemos transformar. Para ello, necesitamos salir de la ignorancia, con creatividad, energía, conocimiento y sobre todo, conciencia. Es cuestión de dignidad.