Fanatismo a cambio de identidad

Nuestra identidad está sustentada en la transmisión familiar de unos valores positivos y en el posterior reconocimiento de nuestra individualidad diferenciada. Cuando esto no sucede así, buscamos a quien nos reconozca que somos aquello que espera que seamos.
 
 

La pertenencia a la familia nos proporciona identidad. Pero esta no se adquiere de forma automática, mediante la mera imitación de las actitudes y conductas de nuestras figuras de referencia, sino como resultado de un largo y laborioso proceso de construcción individual, que a veces dura toda la vida.

Este proceso comienza cuando la familia nos transmite algo valioso, acorde con un proyecto de vida deseable. Esto hace que la pertenencia se convierta en una referencia a partir de la cual podemos diferenciarnos, para construir nuestra propia identidad.

Aunque el proceso se inicia dentro de la familia, necesita terminarse fuera de ella. Durante la adolescencia, al integrarnos en nuevas pertenencias, como los grupos de iguales, ponemos a prueba nuestra identidad incipiente. Mediante el contraste entre diversos grupos de pertenencia, vamos avanzando en nuestra individuación, definiendo cada vez con más precisión nuestra identidad.

Aún falta un paso muy importante: para confirmar nuestra identidad, necesitamos ser reconocidos y respetados, tal y como somos, por los grupos de pertenencia en los que nos hemos construido. Especialmente, por nuestra familia de origen. A cambio de este reconocimiento, desarrollaremos hacia estos grupos una actitud de solidaridad y lealtad que nos mantendrá unidos a ellos.

Si todo ha ido bien, nos habremos convertido en individuos diferenciados, sin dejar de compartir los valores comunes en nuestros grupos de pertenencia. Somos como los demás y somos diferentes.
 
Sin embargo, la familia no siempre consigue transmitirnos algo valioso. Bien porque hay un conflicto en la pareja o porque desvaloriza su propia historia. Esto sucede cuando alguno de sus miembros, actuando en contra de los valores familiares, pone en riesgo la honorabilidad o la integridad de la familia, y esta opta por protegerse, silenciándolo y ocultándolo para siempre. O cuando durante algún conflicto social, las acciones de algún miembro tienen consecuencias dramáticas para los suyos.

Cuando la transmisión familiar queda incompleta o se omite totalmente, los miembros de la siguiente generación tendrán serias dificultades para construir su identidad. No dispondrán de valores en torno a los cuales estructurarse y diferenciarse. Y si al construir su identidad, intentan incorporar algún valor familiar oculto o prohibido, no obtendrán reconocimiento sino lo contrario: desconfirmación.
 
Si llegamos a la adolescencia sin haber completado la primera fase de la construcción de nuestra identidad, saldremos al mundo en busca de quien nos confirme que somos diferentes, sin saber exactamente en qué. Entonces, el proceso de construcción identitaria se pervierte, pues nos inscribiremos en grupos en los que se nos acepta sólo por lo que nos iguala a ellos, al precio de que no se admita ninguno de nuestros signos de diferenciación, discrepancia o crítica.

Para quien no ha completado su diferenciación identitaria, el mundo sólo se ve en blanco y negro: buenos y malos, izquierda y derecha, arriba y abajo, nosotros y ellos. De ahí surgen nuestras adhesiones incondicionales a grupos, creencias e ideologías, con posiciones extremas: o conmigo o contra mí. En ellos, sólo se acepta nuestro asentimiento y no nuestra diferenciación. Con demasiada frecuencia, lo único que une a sus miembros es su afán por aumentar las diferencias con otros grupos externos, comparándose con ellos, e incluso desvalorizándolos para convertirlos en indeseables.
 
Este tipo de grupos no pueden proporcionarnos identidad, porque al estar basados en valores excluyentes, ni nos admiten por ser lo que somos ni reconocen nuestra diferenciación. Tan sólo nos mantienen en la ilusión identitaria de ser por fin alguien reconocido y valorado. Aunque esto sólo será así mientras nos comportemos tal y como se espera de nosotros.

Aunque sea falso, este reconocimiento nos resulta tan necesario, que guardamos un silencio cómplice, una ausencia de crítica o incluso una aquiescencia vehemente, hacia cualquier barbaridad cometida por los afines. Incluso la justificamos. Porque mediante el fanatismo, nuestra adhesión incondicional a un grupo nos permite ser diferentes del resto. Nos aporta una diferenciación, a cambio de negarnos otra: la que nosotros mismos elijamos libremente, para construir nuestra identidad.

El fanatismo calma nuestro anhelo de ser reconocidos para hacernos sentir diferentes. Sin embargo, así estamos renunciando a ser diferentes para ser reconocidos. La auténtica diferenciación consiste en mostrar nuestra discrepancia. Pero en este tipo de grupos, eso sería dramático, pues supondría quedar excluido, perdiendo con ello la referencia identitaria que esta falsa pertenencia nos otorga.

Tras el fanatismo se esconcen nuestros déficits identitarios. Necesitamos reencontrarnos con lo valioso de nuestro grupo primario de pertenencia y retomar nuestro proceso de construcción identitaria desde ahí, hasta ser reconocidos por lo que somos. De lo contrario, seguiremos buscando quiénes somos.

 

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